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Gota de Rocío y el Secreto del Gnomo

Gota de Rocío y el Secreto del Gnomo
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En lo más profundo del Bosque de los Susurros, donde los árboles cantan con el viento y las flores brillan con luz propia, vivía una pequeña unicornio llamada Gota de Rocío. No era un unicornio cualquiera; su cuerpo era blanco como la nieve recién caída, sus ojos eran dos grandes zafiros azules y su crin y su cola brillaban con todos los colores del arcoíris. A Gota de Rocío le encantaba trotar por los claros del bosque, dejando un rastro de chispas de colores a su paso. Cada día era una aventura feliz y llena de juegos.

Una tarde soleada, mientras bebía agua de un arroyo cristalino, Gota de Rocío escuchó un pequeño sollozo cerca. Siguió el sonido con curiosidad hasta un gran hongo rojo con puntitos blancos. Sentado a su sombra había un gnomo diminuto, con un gorro puntiagudo y una barba que casi le llegaba a los pies. El pequeño gnomo estaba llorando, y sus lágrimas parecían gotitas de rocío sobre la hierba.

Con mucho cuidado para no asustarlo, Gota de Rocío se acercó y le preguntó con su voz más dulce: "¿Por qué estás tan triste, amiguito?". El gnomo levantó la vista, sorprendido de ver a un unicornio tan cerca. "Me llamo Poby", dijo con voz temblorosa, "y estoy triste porque los gnomos como yo necesitamos a alguien a quien ayudar. Nuestra mayor alegría es tener un dueño o un amigo especial a quien cuidar, y yo no tengo a nadie".

El corazón de Gota de Rocío se llenó de compasión por el pequeño Poby. ¡No podía imaginar sentirse tan solo! "¡No te preocupes, Poby!", exclamó con entusiasmo. "¡Yo te ayudaré a encontrar a alguien a quien cuidar! ¡Será nuestra misión especial!". La primera persona a la que intentaron ayudar fue al Señor Tejón, que siempre se quejaba de lo desordenada que estaba su madriguera. Poby y Gota de Rocío trabajaron duro para limpiar y ordenar todo, pero el tejón solo gruñó y ni siquiera les dio las gracias.

Poby se sintió un poco desanimado, pero Gota de Rocío le animó a seguir intentándolo. Después, se encontraron con una ardilla olvidadiza que no recordaba dónde había guardado sus bellotas para el invierno. Poby, que era muy listo y observador, le ayudó a encontrar todos y cada uno de sus tesoros escondidos. La ardilla se puso muy contenta, pero al poco rato se fue corriendo y se olvidó por completo de su pequeño ayudante.

Sentados de nuevo junto al arroyo, Poby suspiró. "Hemos ayudado a otros, pero no siento esa conexión especial", dijo con tristeza. Gota de Rocío apoyó su cabeza en el suelo, pensando profundamente. Miró su propio reflejo en el agua y luego la carita triste de su nuevo amigo. Ella quería que Poby fuera feliz más que nada en el mundo.

De repente, una idea brillante, tan brillante como su cuerno mágico, apareció en su mente. Se giró hacia Poby con los ojos muy abiertos y le dijo: "Poby, ¿y si... y si me ayudaras a mí?". Gota de Rocío le explicó que su crin de arcoíris a menudo se enredaba en las ramas de los árboles. También le contó que a veces le costaba mucho alcanzar las bayas estelares más dulces que crecían en los arbustos más altos.

Los ojos de Poby se iluminaron como dos pequeñas estrellas. ¡Ayudar a un unicornio mágico era el sueño más grande que un gnomo podría tener! ¡Sería el ayudante de la criatura más maravillosa del bosque! Desde ese día, Poby se convirtió en el mejor amigo y ayudante de Gota de Rocío. Cada mañana, peinaba su crin con un peine hecho de pétalos de flores y le ayudaba a encontrar las golosinas más deliciosas, y Gota de Rocío nunca había sido más feliz, ahora que tenía a su lado a un amigo tan leal y especial.

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